
Entro al santuario, sabiendo que allí tu estás, tendido y rendido en algún soñado laberinto de ideas, me acerco al altar, a nuestro santuario, y te toco, toco tu piel blanca, pura, limpia, risueña, apta para recibir mi ternura, mi calor, algo de fuego con cierto pudor.
Me sumerjo al redil, a la manta, a la frisa carmesí que arropa el sueño y te despierto, te beso, te respiro, me sumerjo sobre tu pecho, buscando tu abrazo, tu aliento, tu deseo, tu amor.
Altar encendido entre piernas, altar de fuego infinito que alaba, que canta ante nuestro sacrificio de amor y ternura, palabras consagradas y a la vez sacrificadas que suben como olor fragante a la presencia de los seres que nos miran con respeto y cierta admiración.
Amor, unión de almas y dos cuerpos que se seducen y se buscan, para consumar su devoción.